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La historia del cacao = 5.500 años

La historia del cacao = 5.500 años

La historia del cacao acaba de dar un gran salto hacia el pasado. En esta ocasión, un salto de 1.500 años.
Durante 2014, el centro de investigaciones CIRAD de Montpellier publicó una serie de estudios.
Este centro se dedica a estudiar la genética del cacao (Theobroma cacao) y de sus diferentes familias.
En un emplazamiento con una antigüedad que se remonta 5.500 años atrás y situado en el sur de Ecuador, denominado Santa Ana La Florida, cerca de Palanda, se encontraron objetos que contenían restos de alimentos.
En algunos de ellos se constató la presencia de teobromina y, por tanto, de cacao.
El cacao existía en estado salvaje en la región noroeste de la cuenca del Amazonas.
Por tanto, entraba dentro de toda lógica pensar que los primeros usos del cacao debían situarse más cerca de esta parte del mundo que de México, donde hasta la fecha se había localizado el rastro de uso más antiguo (4.000 años).
La región abarcaba el sur de Ecuador, habitado por los indígenas shuar, y el extremo norte de Perú, habitado por el pueblo awajún.
Dos pueblos más conocidos en Europa como los jíbaros.
De este modo, actualmente los primeros usos del cacao por el hombre se sitúan en torno a los 3.500 años AC, es decir, ¡hace 5.500 años!

El origen del empleo del cacao

Hasta hace poco, México era el país donde se habían encontrado los restos de empleo del cacao por el hombre más antiguos.
En realidad, tras la inauguración del museo del chocolate Choco-Story de Brujas en 2004, los saltos hacia el pasado han sido los siguientes:

600 años AC, un recipiente de barro encontrado en Colha, Belice.
1.250 años AC, el empleo de pulpa de cacao, descubierto en vestigios cerámicos en Honduras.
1.750 años AC, los indígenas mokayas de la región de Soconusco en el sur de México.
1.900 años AC, los preolmecas de la región de Veracruz.
3.500 años AC, el empleo por el pueblo shuar del sur de Ecuador, en Palanda.
La historia del cacao da así un nuevo salto en la historia, en esta ocasión, de 1.500 años.
Hace 5.500 años, los shuar, más conocidos en Europa como jíbaros o cortadores de cabezas, habían desarrollado, en una extensa región que actualmente abarca el sur de Ecuador y el norte de Perú, una importante civilización lítica.
Su dominio del tallado de la piedra era indiscutible.
Hemos podido ver jarras, copas y cuencos tallados en piedra dura de un gran refinamiento.
Algunas piezas son tan finas que son translúcidas.
Otras poseen formas de una complejidad sorprendente para tratarse de objetos de más de 5.000 años de antigüedad.
Este pueblo utilizaba el cacao. La prueba de ello es el fragmento de mortero (foto más abajo) en forma de mazorca.
Sin embargo, hasta la fecha se desconoce cómo se utilizaba el cacao.
Lo lógico era pensar en un uso precoz del cacao en los países de la cuenca amazónica, donde existía en estado salvaje.
Pero faltaba encontrar pruebas de ello en la forma de restos tangibles.
Esto ya se ha conseguido y otros descubrimientos arqueológicos vendran a confirmar el largo camino recorrido por el cacao desde la cuenca amazónica, hacia Centroamérica y México, donde alcanzó su apogeo.

Los jíbaros

Cinco pueblos se reagrupan bajo la denominación de «jíbaros»
en Ecuador: los pueblos shuar, achuar y shiwiar
en Perú: los pueblos aguaruna (o awajún) y guambiano.
En los países europeos, los jíbaros eran conocidos como los cortadores de cabezas, por su costumbre de reducir las cabezas de sus enemigos al tamaño de una naranja.
La reducción de las cabezas o «tsantsas» tenía lugar durante un ritual.
Era un acto guiado por una voluntad de venganza, de obtener justicia.
De este modo, para vengarse de un hombre, se decapitaba y su cabeza se reducía, teniendo cuidado de mantener en su interior el espíritu vengador de la persona.
Reducir la cabeza y coser la boca para mantenerla cerrada permitía encerrar el espíritu del difunto en su interior y, en consecuencia, evitar su venganza.
Los frecuentes conflictos entre los diferentes grupos o tribus no tenían por objetivo apoderarse de riquezas o territorios, sino hacerse con la fuerza y el espíritu del enemigo, así como vengar actos o muertes pasados, en un interminable ciclo de «vendetta». Convertidas en trofeos, las cabezas de los enemigos muertos se transformaban durante un largo y complejo ritual destinado a confinar el alma de la víctima y obtener así protección frente a la venganza del adversario. Puesto que el enemigo muerto daba lugar a un alma vengadora, resultaba absolutamente necesario mantenerla prisionera en el interior de la cabeza. Una vez vaciada y deshuesada, la cabeza se secaba haciendo uso de cenizas y piedras calientes para reducir su tamaño; seguidamente, se llenaba de arena, se cosía y se le daba forma.

Por último, se colgaba del cuello de su propietario en una ceremonia destinada a mostrar a los antepasados que la venganza se había materializado.